Metamorfish II

Este viernes 4 de septiembre en Barcelona, en la galería Miscelanea de Barcelona, tienes una cita con el verdadero talento en la exposición “Metamorfish II” . En donde tengo el placer de colaborar poniendo palabras a una serie de magníficas ilustraciones surgidas de la talentosa mano de Elisa Ancori.

El evento tendra lugar a partir de les 20:00, en el C\Guardia 10 y la NochedeMaine,como no,  estará presente de cuerpo y letra.

¡Ahí os espero!

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Sitges dia 2: Home

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Home, también conocida como At the devil’s door, es la nueva película de Nicholas McCarthy, director que ya trajo hace dos ediciones en Sitges, la discutida El Pacto. Veamos cómo le ha ido en esta ocasión.

Todo comienza cuando Hannah (Ashley Rickards)  y su novio llegan a un acuerdo, con un extraño hombre que vive en una caravana en el desierto. El trato; que la chica venda su alma al demonio a cambio de 500$. La chica pasa la prueba a la que es sometida y el trato queda sellado. Tan solo un último paso, ir a un cruce de carretera y decir su nombre, para que cuando el demonio venga a por ella, sepa quién es. Este es el inicio de Home. Un inicio demoledor y que crea muchas expectativas.

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¿Las cumple? veámoslo.

La siguiente escena sitúa a la chica en su habitación. En ese momento tras unos instantes de ritmo y tensión bien llevados, la chica es atacada por una fuerza invisible. El diablo ha venido a cobrar su precio. Lo siguiente que vemos es un salto hacia adelante en el futuro. Aquí empiezan las incógnitas, vemos una mujer de mediana edad salir de su casa, presuponemos que es Hannah ya crecida, pero no, se trata de Leigh (Catalina Salvano) una vendedora de pisos. Su último encargo, vender la casa donde vivía Hannah. Una casa de la que sus propietarios tienen mucha prisa en desprenderse. De momento todo bien, ese flashforward un poco confuso, pero sigamos. Leigh va a visitar la casa y se encuentra en ella a una extraña chica envuelta en un chubasquero rojo. En uno de los encuentros de Leigh con la chica del chubasquero, algo sucede. A partir de ese punto de inflexión, entra en escena la hermana de Leigh, Vera (Naya Rivera), que aunque parecía que era una simple secundaria, es la verdadera elegida por el demonio para llevar a cabo su maquiavélico plan.

nicholas-mccarthy-home-naya-riveraEl problema de Home es que busca ser algo más que una buena película de terror y no consigue ni lo uno ni lo otro. Por un lado tenemos un baile de protagonistas principales cuyo rol cuesta ubicar, y en mi opinión, es metraje perdido. Luego, el ritmo es demasiado lento. No caigamos en equívocos, se nota que McCarthy sabe hacer uso de la tensión y crear como he dicho antes una buena atmosfera, pero no consigue el cometido de toda película de terror, asustar. La causa de que la cinta pierda nivel, es que en cierto momento se produce una desconexión del espectador con la trama. El ritmo lento y las lagunas de guion tienen sus consecuencias, y al espectador le empieza a dar un poco igual lo que está pasando, y cuando eso sucede, por muy bien utilices el suspense, estas perdido.
Los fenómenos sobrenaturales que se ciernen sobre los protagonistas, a partir de cierto instante, son demasiado evidentes, todos vemos lo que va a pasar y el director no intenta hacer nada para que no suceda.

atdd3El resto de la película son una serie de escenas, mal encadenadas una tras otra, unidas por sus respectivos flashbacks y flashforwards, pero mientras esto a veces acostumbra a funcionar, aquí el resultado es algo caótico y da como resultado una desconexión constante. En cierto momento el eje de la trama desaparece por arte de magia, puesto que las expectativas iniciales: La caravana, el trato con el diablo, el hombre que lo lleva a cabo, el misterioso novio de Hannah. Elementos y personajes que tenían filón, se dejan de lado. El director prefiere arriesgar y apuntar más alto, yendo hacia donde fracasan muchas películas. Las historias sobre el anticristo y su llegada. Nicholas McCarthy naufraga en la orilla. La idea es buena, pero la ejecución no está a la altura. Y el final te deja tan plano como la mayor parte de la película.

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Siendo lo más objetivo posible, diré que Home no es una mala película de terror, pero tampoco se puede decir de ella muchas cosas buenas, a parte de una atmosfera bien lograda y ciertos momentos de suspense, poco más. Home por otro lado, es un ejemplo de expectativas mal manejadas, lo que la convierte en una película del montón en un envoltorio más bonito de lo habitual. Lo más decepcionante de Home es que tenía pilares para aspirar a ser un destacable producto dentro del género, pero a Nicholas McCarthy le han quedado grandes los pantalones y le ha vuelto a salir el tiro por la culata. Esperemos que a la tercera vaya la vencida.

¡Hasta la vista! mañana más.

Sitges dia 2: The Midnight After

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“Un minibús nocturno con 17 personas a bordo cruza el túnel Lion Rock camino de Tai Po desde Kowloon. Al pasar el túnel descubren que el mundo ha cambiado y toda la gente ha desaparecido. En ese marco, ellos tienen que repensar sus identidades, sus relaciones y su futuro mientras son perseguidos por un extraño virus y un hombre enmascarado. ¿Podrán sobrevivir?”

Esta es la sinopsis de The Midnight After, la nueva película de Fruit Chan. ¿Parece Interesante no? Pues ahora os voy a explicar cómo se puede convertir una película que apunta maneras en un despropósito sin sentido.

De hecho, para ser justos, los momentos iniciales de la película son prometedores y crean buenas expectativas.  En mi opinión, diecisiete personas encerradas en un minibús, es un punto de partida que da juego para momentos de tensión y conflicto, mientras poco a poco, se van desmenuzando las incógnitas de la trama. Esas al menos, eran mis reflexiones desde la butaca. Iluso de mí.

str2_gx_6col_relaxmidnight_LEADA medida que van transcurriendo los minutos comienzas a ver cosas extrañas. Por un lado los actores se comportan de una manera demasiado histriónica. Me pareció raro porque no se adecuaba al tono de thriller que tenía en mente, pero no pasa nada, la tarea de un director es sorprender, y dices, bueno, ahora vendrá algo interesante. Entonces ves cómo se van abriendo cada vez más interrogantes, y tú esperas mientras siguen pasando los minutos (cada vez más lentos) alguna pista, pero nada.

A medida que avanza el metraje algunos de los diecisiete supervivientes, mueren de formas, a cada cual más extraña: Muertes por combustión espontánea, convertidos en polvo, paradas cardiacas. Pero no hay nada que explique cuál es el detonante de cada muerte. Puede que sea un virus, pero ¿Porque actúa diferente en cada persona? no hay explicación. En en el caso de que sea una cínica crítica a la sociedad u cualquier otra cosa,  tampoco tiene mucho sentido, porque no hay ninguna explicación coherente para cada muerte. A todo eso hay que sumarle las llamadas extrañas que reciben los protagonistas. Donde, cada vez que suena el teléfono, un chirrido agudo es lo que obtienen como respuesta. Spoiler El ruido está cifrado en código morse. De momento no es mala idea, le añade cierta tensión a la trama, pero, lo descifran, y ¿Cuál es el mensaje?  Una canción de Bob Dylan, y e aquí, uno de los momentos más delirantes de la cinta. El momento karaoke, con todos los protagonistas interpretando la susodicha canción, una especie de videoclip dentro de la película que te deja perplejo. Otro de los momentos sin sentido del film, es cuando uno de los protagonistas recibe la llamada de su novia, y esta le dice que lleva nada más y nada menos que seis años desaparecido ¿En serio? ¿Ahora paradojas temporales? a estas alturas no podía hacer otra cosa que reír Fin de spoiler. La comedia disparatada y surrealista se apodera de la trama, mezclada con los pedazos triturados que quedaban de ese thriller inicial. Llega entonces ese momento, donde  el espectador, se retuerce en la silla y se pregunta ¿Esto qué **** es?

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Lo que prometía ser un guion decente acaba convirtiéndose en un puzle sin pies ni cabezas. Vale, no hay que dar todas las respuestas, pero leche, es que no se explica nada. No sabemos porque de repente la gente ha desparecido, o si al contrario son ellos los que han desaparecido, no sabemos que es lo que pintan los tíos con la máscara de gas. No sabemos si es un virus, si es por la radiación de Fukushima, si es una metáfora de la muerte, de la pérdida de valores, si es una parodia del final de Perdidos. No sabemos nada.

the_midnight_after_4El director dispara hacia tantos lados, la película se mueve entre tal sinfín de posibilidades distintas, que lo único que consigue es engañar y confundir al espectador, que espera, ya no todas las respuestas, porque en cierto momento de la película pierdes toda esperanza de que haya algo de coherencia, pero como mínimo alguna pista sobre lo que ha pasado. Pero es que para nada, no finaliza ninguna de las tramas que se abren. Solo la frase del final de la película deja intuir lo que Fruit Chan ha querido explicar, pero que en realidad, seguramente, no lo sepa ni él.

Lo más curioso es que funciona mejor como comedia loca (sin ser buena tampoco) que como thriller, pero navega a un ritmo tan demencial entre esas dos aguas, que en ninguno de las dos casos le sale bien. El resultado hubiera sido distinto si la película estuviera orientada hacia una dirección concreta, pero Fruit Chan decidió que no, y que era mejor tomarnos el pelo. Por otro lado, es una pena lo desaprovechados que están dos auténticos iconos como Simon Yam y Lam Suet, que  parecen meras sombras de sí mismos y naufragan con estrepito junto con el resto del coro actoral, pero les eximo de culpa, porque ante tal guion poco se puede hacer.

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¿Algo positivo tiene la película? Pues sí, la fotografía es muy buena, esos paisajes de un Hong Kong desolado y desierto, donde los tonos oscuros se mezclan con los neones de colores vivos propios de la noche de Hong Kong, todo un acierto.

En fin, poco más puedo decir, The Midnight After, me ha superado. No la recomiendo. Solo si te la tomas como la  broma que es, te puede llegar a gustar.

 

 

 

 

Sitges Dia1: The Babadook

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Ya esta en marcha la fiesta del cine fantástico y de terror en Sitges y desde La Noche de Maine ahí hemos estado y por supuesto, estaremos. De momento el viernes pasado, primer día del festival, ya cayó una buena noticia. A primera hora, cuando ni la alfombra roja estaba extendida, The Babadook, entró en escena.

The Babadook es una cinta dirigida por Jennifer Kent y supone el primer largometraje de la directora australiana. Los debuts siempre son tarea complicada, pero a Jennifer Kent no le ha salido nada mal, ya que se ha ganado el respeto de crítica y público, con un sobresaliente relato de terror, que se mueve acertadamente entre lo sobrenatural y lo psicológico.

La trama gira alrededor de Amelia (Essie Davis) , una madre rota por la muerte de su marido, y un hijo con serios problemas de comportamiento. El relato de la familia maltrecha tiene su detonante en la muerte del padre/marido en un accidente de coche, justo el día que iban al hospital para tener a Samuel (Noah Wiseman), el niño en cuestión. Las historias sobre la pérdida y sus consecuencias es algo que no es nuevo en el cine, aunque en este caso el envoltorio está muy bien buscado.

Amelia acarrea con el dolor de aquel fatídico día, y en su mente destrozada, culpa de la muerte de su marido a su hijo Samuel. Una relación de amor odio, que se puede apreciar en las primeras escenas, con la madre huyendo del abrazo de su hijo en la cama, y donde ella lucha para que el amor hacia su hijo prevalezca contra el resentimiento, que poco a poco va creciendo en su interior.

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Una noche, como cada noche, Amelia se dispone a leerle un cuento a Samuel, pero el niño ha encontrado un nuevo libro, se llama The Babadook y de cuento para niños no tiene nada. Hago un inciso, porque me ha gustado la naturalidad con la que sucede este momento, el instante, en el que el niño le entrega el cuento, en ningún momento se ve como lo encuentra, no hay ninguna explicación previa y todo sucede con mucha normalidad. Dicho esto, cuando la madre abre el cuento y se dispone a leerlo, descubre entre sus páginas una lúgubre narración sobre un extraño ser ataviado con un sombrero de copa, uñas como cuchillas y un traje negro roído, un personaje siniestro del que según dice el libro, una vez mencionado jamás podrás librarte. El monstruo hace presencia con la palabra Baba- Dook- Dook- Dook, una palabra que os pondrá la piel de gallina en más de una ocasión y que promete convertirse en viral, igual que otras frases y palabras del género que han quedado en el recuerdo de todos ¿Os acordáis de Candyman, Candyman, Candyman? bueno, seguro que unos cuantos si.
Más allá de apuntes nostálgicos, este Babadook,por cierto, comparte muchas similitudes con el Slender Man, y quizás igual que pasó con ese fenómeno de internet, acabe teniendo vida propia y su propia mitología más allá de la película, tiene números.

babadook-618x400-10-horror-films-to-look-for-in-2014A partir de aquí, es donde empiezan las diferentes lecturas. La película se puede mirar como un cuento de terror sobrenatural, donde la fuerza maligna, que acecha en la casa es el culpable de todo los males de la familia, o más bien, yo me decanto por esta opción, como una metáfora del dolor y la perdida, de los traumas y las cicatrices imposibles de sanar. Es quizás esa doble lectura, esa ambigüedad con la que juega, y la posibilidad de ser vista de varias maneras, lo que convierta esta cinta, en una película de terror que sobresale de la media. El monstruo como reflejo de nuestros miedos, la posibilidad de convertirnos en ese monstruo y sus consecuencias son los ejes sobre los que gira Babadook. Seguramente es al final de la película donde esta metáfora alcanza su máxima expresión, y donde se ve reflejado que hay heridas que jamás sanan, rincones ocultos de nuestra alma que solo podemos intentar domar.
En toda buena cinta de terror vemos estas correlaciones, pero en la mayoría de estas películas lo sobrenatural es muy explícito, sabemos que lo que estamos viendo es algo que se escapa a nuestro entendimiento, pero en The Babadook los fenómenos extraños solo son presenciados por la madre y su hijo. En esta ocasión no existe la ayuda externa (el cura, la médium, el parapsicólogo) o el testigo que corrobore los hechos. Y podemos perfectamente llegar a la conclusión que la febril imaginación del niño y la mente rota de la madre son los que crean todo este terrorífico puzle. Creo que está bien buscado por parte de la directora no tirar de ese cliché y buscar en la imaginación del espectador la resolución a las dudas que genera la película.

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Por supuesto, The Babadook tiene otras virtudes, entre ellas la atmósfera opresora que domina toda la cinta, acompañado de una fotografía fría que refleja los sentimientos y los recelos que se vive entre los diferentes miembros de la familia. Una narración donde si bien en la primera hora vemos algunos secundarios y la relación con los protagonistas; la hermana de Amelia y su hija, los compañeros de trabajo de Amelia, Mrs. Roach, la amable y anciana vecina. Los últimos cuarenta minutos son un tour de forcé interpretativo entre madre e hijo. Unas actuaciones estelares, de una enorme Essie Davis, en el papel de madre trastornada y un sorprendente y jovencísimo Noah Wisemen en el papel del problemático Samuel. También destacar la correcta elección de la música y los golpes sonoros, aunque en este punto, un detalle, más quizás culpa de la propia sala de cine que de la película. Por momentos volumen demasiado alto, como por desgracia, en muchas películas de terror. No hace falta dejar sordo al espectador.

Los efectos visuales son buenos y pocos sin, en ningún momento, quitar protagonismo a los actores ni la trama. El diseño del monstruo está muy bien logrado, aunque como ya he dicho antes, tiene muchas similitudes con el Slender Man. El uso de la luz, y sobre todo la ausencia de luz, es otra de las bazas fuertes de la película, donde se hace un uso de la oscuridad que refurerça esa metáfora acerca de ese mal, que de alguna manera, puede crecer en cada uno de nosotros, y que dadas las circunstancias puede acabar devorándonos.

maxresdefaultComo puntos negativos. Es una película a la que le cuesta arrancar. Sin duda, es gratificante su búsqueda de la pausa, la poca prisa que tiene en asustar y en mostrar al monstruo. En The Babadook, lo esencial  son los personajes, sus vidas y su particular descenso a los infiernos, pero creo que a la directora se la ha ido la mano con el freno, y por momentos se hace algo tedioso (he de reconocer que miré el reloj más de una vez) justo lo contrario que me pasó, con la última parte de la película, que es un auténtico ejemplo del manejo de la tensión y el ritmo. Con esos cuarenta últimos minutos que te dejan clavado en la butaca y te ponen los pelos de punta.

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En definitiva, me ha gustado por como juega con la mirada del espectador sin caer en el timo, por la excelente interpretación de sus actores, y por la atmosfera tan palpable y densa que crea Jennifer Kent. El punto negativo, es, tengo que decirlo, su primera hora. Sé que es raro decir tantas cosas buenas de una película y luego decir que la primera hora aburre. Pero es así, y aunque al verla completa las sensaciones cambian, tiene un inicio duro.

Dicho lo dicho, os la recomiendo. Una buena película de terror que aunque explica lo de siempre, lo hace con una mirada diferente, y eso, siempre es de agradecer. Tiene papeletas para llevarse algún premio en Sitges, palabra.

¡Hasta la próxima! Estaremos en contacto. SItges continúa

Un fenómeno llamado True Detective

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Es la serie de moda, todo el mundo habla de ella, ¿Pero es realmente tan buena o solo se trata del pelotazo del momento? Bueno, en este caso en concreto, y desde mi particular punto de vista, puedo decir que las opiniones no son nada exageradas. True Detective, es una de esas series que juega en otra liga, igual ‘The Wire’, ‘Los Soprano’ o ‘Breaking Bad’. Aunque tampoco la incluiría dentro de esta santísima trinidad, ya que para eso tendríamos que ver el puzle completo.

Cada temporada de True Detective es y será corta, ocho capítulos, un poco al estilo británico, y en cada nueva temporada tendremos una pareja de detectives diferentes con casos diferentes. Es una manera singular de enfocar historias en la pequeña pantalla. Más arriesgada, más miniserie que serie  sin ser lo uno ni lo otro, y con tramas autoconclusivas, lo cual me parece una decisión acertada. De esta manera las historias no se dilatan tanto en el tiempo y no sufren los acostumbrados altibajos que nos ofrecen series más largas. Lo mismo pasa con los personajes, al estar planteado de esta manera y tener que estar todo resuelto en ocho capítulos, los protagonistas están mucho más trabajados desde el inicio y se puede poner toda la carne en el asador desde el primer capítulo.

De momento solo tenemos una temporada de True Detective, y veremos cómo funcionan las demás. Lo único que puedo decir de esta, es que es absolutamente absorbente.

No es que sea una historia muy original, esto de dos detectives buscando un asesino en serie es algo que ya se ha contado antes, lo hemos visto mil veces, pero es el cómo está contado. La forma, la pausa. Esa marca HBO que destila cada poro de sus fotogramas, empezando por una intro muy artística acompañada de la canción Far from any road de The Handsome Family, tan poética como desgarradora y reveladora del mundo que se va a abrir ante nosotros.

Luego está el elemento narrativo que funciona perfectamente y le da una voz muy propia a True Detective. La trama avanza entre una continua sucesión de flashbacks que se intercalan con las entrevistas que les hacen dos policías a la pareja de detectives en el presente. La serie juega bien con las diferentes líneas temporales sin caer en la confusión, desgranando la historia con un ritmo muy marcado que consigue enganchar pronto al espectador. No hay desniveles entre el desarrollo del caso en el pasado y lo que sucede en las entrevistas, todo fluye como una máquina bien engrasada.

El elenco de la primera temporada de True Detective está formado por Rust Cohle (Mathew McConaghuey) y Martin Hart (Woody Harrelson). El primero pasará ya a la historia, como uno de los detectives más carismáticos de los últimos tiempos y me atrevería a situarlo en un nivel de impacto similar al que en su momento tuvo House. true-detectiveAl igual que este y otros personajes, Rust comparte esa visión nihilista de la vida, una mirada sin velos, libre de asperezas, observando todo lo que le rodea, con una objetividad cruda. Pero Rust Cohle no es una mente puramente racional. Es un ser humano roto, con un carácter fuertemente marcado por su pasado como agente encubierto en narcóticos, época en que se metió hasta el polvillo de los ladrillos. Claro está, con todas sus consecuencias. Sus reflexiones están llenas de matices filosóficos, desvaríos de rabiosa racionalidad que radiografían a las personas a su alrededor a un nivel de detalle casi molecular,  una forma de ver la vida tan desprovista de adornos como la naturaleza o el cosmos que él mismo evoca. Una visión que en ocasiones hasta se atraganta por ser tan áspera y dura, igual que la superficie desgastada de una roca que ha sido erosionada durante millones de años y que el tiempo ha pulido hasta darle la forma perfecta que la naturaleza le tenía destinada. Eso y muchas drogas. Esa es la mente de Rust Cohle.

En contraposición tenemos al personaje de Martin Hart (Woody Harrelson) un tipo práctico. La viva imagen del americano medio, la efigie del buen hombre de familia y buen policía, y que, como tantos otros, esconde lo que se esconde tras este tipo de estampas; un hombre lleno de contradicciones y cuya vida es una continua mentira. Y aunque es un personaje que de principio crea rechazo por sus ideas o mejor dicho, por su falta de ideas. Con el paso de los capítulos el personaje va cobrando cada vez más fuerza y la evolución que sufre, me ha parecido uno de los aspectos más destacables de la serie.

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El bueno de Rust flipándolo un poco

La dualidad entre la sinceridad desagradable de Rust y la rigidez obtusa de un tipo como Martin da mucho juego. Sus conversaciones y la evolución de su relación es sin duda el sello diferenciador de True Detective. Más importante que la propia historia, como ya pasa en muchas de las cosas que hace HBO, son los detalles, las anécdotas que se suceden en el camino las que toman relevancia. Como esas conversaciones en el coche, sobre la realidad, lo trascendental y lo eterno que dejan más huella en la retina que la propia investigación policial, que por la parte que le toca está muy bien llevada y cae en pocos artificios…solo al final, hay ciertos momentos que no me acaban de convencer, pero de esto no quiero hablar ni spoilear mucho.

Todos estos ingredientes y también la excelente fotografía de Adam Arkapaw, una fotografía de atmosferas cargadas, de parajes impregnados de capas de ácido y que refleja muy bien el alma de esos pantanales aislados y desolados de Luisiana y el alma de los propios personajes, conforman la que sin duda, a no ser que alguien se saque una genialidad de la chistera, es la serie del año.

Soy Alan Moore y he sido mago del caos chaval

Mención aparte, merecen las influencias y referencias literarias de True Detective.No son pocas, y van desde Alan Moore hasta H.P. Lovecfrat. Del primero. Si teníamos dudas de que el genial guionista de cómics y ex mago de la caos ha influido a todo dios, lo volvemos a corroborar, ya que Nick Pizzolato, el creador de la serie, tampoco parece haberse librado de sus garras, al menos esa impresión da tras leer su cómic The Courtyard, un cómic de corte Lovercraftiano, con dioses primigenios de por medio, en el que vemos ciertas similitudes entre Aldo Sax, el protagonista de la historía y Rust Cohle, nuestro detective favorito. Y otra pista importante es que el villano del cómic es un tipo llamado Johny Carcosa ¿Os suena de algo?, Carcosa es una palabra que no para de resonar en cada capítulo de True Detective, un concepto, una idea ¿Pero que es en realidad? Bueno, Carcosa es un ciudad ubicada dentro de la mitología de horror sobrenatural más clásico, la primera vez que se nombra es un relato de 1888 del escritor Ambrose Bierce, Un habitante de Carcosa, en la que un viajero aparentemente extraviado se encuentra ante las ruinas de una antigua y misteriosa ciudad, esta ciudad también seria nombrada más adelante por Robert. W. Chambers en su colección  de relatos El rey en amarillo ¿Lo del Rey Amarillo también os dice algo no?  A su vez estos escritores influenciaron a un autor que también tiene relación con la serie, H.P. Lovecraft, ya que tras la atmósfera malsana y la palabrería, en ocasiones incompresible de Rust, hay influencias directas de los personajes y decorados opresivos de la obra de Lovecraft y también de otros escritores como Arthur Machen o Edgar Allan Poe. Por cierto y como curiosidad, también hay una ciudad de Carcosa en la saga literaria Canción de Hielo y fuego de George. R.R. Martin

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Thomas Ligotti, terror ancestral y filosofía. Todo en uno

Pero la cosa no acaba aquí, también hay referencias más actuales confesadas por el propio creador de la serie Nick Pizzolato, quien dijo que la obra de terror, tratado filosófico, desvarío mental, La conspiración contra la raza humana del escritor de terror Thomas Ligotti, había sido una inspiración directa en la elaboración de los monólogos de Rust Cohle. Por cierto, que Thomas Ligotti es un escritor que bebe directamente de las fuentes del horror sobrenatural de Lovecraft, Machen y compañía. Otra conexión más.

Os recomiendo encarecidamente leer sus dos colecciones de relatos, Noctuario y La fabrica de pesadillas, ya que tiene ese toque de surrealismo, de inclasificable, de sin sentido, o como queráis llamarlo, incluso se le ha puesto la etiqueta de terror filosófico, sea lo que sea lo que signifique eso. Como a mí no me gustan esto de las etiquetas, yo solo diré que se trata de un escritor diferente, no muy accesible para el lector de terror más clásico o comercial, pero al que hay que darle una oportunidad, os aseguro que Thomas Ligotti solo hay uno. Leerlo y lo entenderéis.

Bueno, hasta aquí llega mi análisis/opinión, y ¿Hace falta decir que os la recomiendo?… supongo que no.

Feliz serie y disfrutad amigos.

Oscars 2014

The 85th Academy Awards® will air live on Oscar® Sunday, February 24, 2013.

Gravity
y 12 años de esclavitud han sido las grandes triunfadoras en la gala de los Oscars que se ha celebrado esta noche/madrugada en el Dolby Theater de los Angeles. Dalllas Buyers Club, ha sido la tercera en discordia, igualando en estatuillas a la película de Steve McQueen y llevándose el gato al agua en el reñido apartado de actores.

Las que han salido peor paradas, aunque se veia venir, han sido La gran estafa americana y El Lobo de Wall Street que se han ido de vacío.

La gala estuvo presentada por la comediante Ellen Degeneres, bien llevada por cierto, con momentos realmente surrealistas como el reparto de pizza (que Harrison Ford se tomó bastante en serio), o el ya famoso selfie, que ha batido records en twitter.

En cuanto al desarrollo y entrega de premios, todo ha seguido con el guion que era previsible. Mi favorita, que era Gravity, ha cumplido con creces, aunque finalmente 12 años de esclavitud se ha llevado el Oscar a mejor película.

La única sorpresa entre comillas, es que Di Caprio, no se ha llevado el Oscar a mejor actor y tendrá que esperar otro año para finalmente poder llevarse la estatuilla a casa. Eso sí, en esta ocasión tenía un rival muy duro, Matthew McConaughey, que con True Detective y Dallas Buyers Club, ha dado un vuelco a su carrera y se ha confirmado como unos de los actores más sólidos del panorama cinematográfico actual. También me sorprendió el Oscar conseguido por Lupita Nyong’o, no solo por el hecho de que casi no sale en la película, sino también porque tanto Jennifer Lawrence como June Squibb tienen un rol mucho más presencial en sus films y sus actuaciones son mucho más sólidas, pero claro, esto es Hollywood, la meca del postureo y cuando una actriz hace hype, hay que darle el Oscar sí o sí.

Desde mi twitter personal seguí la gala al minuto (ya al final con mucho sueño), y pero espero poder seguir haciéndolo otros años, porque la experiencia lo ha valido.

Sin más. Os dejó la lista con todos los premiados.

 

MEJOR PELÍCULA

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MEJOR DIRECTOR

Gravity- Alfonso Cuarón

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MEJOR ACTOR

Dallas Buyers Club – Matthew McConaughey

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MEJOR ACTRIZ

Blue Jasmine- Cate Blanchett

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MEJOR GUIÓN ORIGINAL

Her- Spike Jonze

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MEJOR GUIÓN ADAPTADO

12 años de esclavitud – John Ridley

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MEJOR ACTOR SECUNDARIO

Jared Letto

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MEJOR ACTRIZ SECUNDARIA

12 años de esclavitud – Lupita Nyong’o

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MEJOR PELÍCULA DE HABLA NO INGLESA

La gran belleza

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MEJOR PELÍCULA DE ANIMACIÓN

Frozen

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MEJOR DOCUMENTAL

A 20 pasos de la fama

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MEJORES EFECTOS ESPECIALES

Gravity – Tim Webber, Chris Lawrence, David Shirk and Neil Corbould

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MEJOR DISEÑO DE PRODUCCIÓN

El gran Gatsby – Catherine Martin, Beverley Dunn.

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MEJOR MONTAJE

Gravity – Alfonso Cuarón and Mark Sanger

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MEJOR FOTOGRAFIA

Gravity – Emmanuel Lubezki

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MEJOR DISEÑO DE VESTUARIO

El Gran Gatsby – Catherine Martin

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MEJOR MAQUILLAJE

Dallas Buyers Club – Adruitha Lee and Robin Mathews

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MEJOR MÚSICA ORIGINAL

Gravity – Steven Price

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MEJOR CANCIÓN ORIGINAL

Frozen – Lyric by Kristen Anderson-Lopez and Robert Lopez por Let it go

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MEJOR MEZCLA DE SONIDO

Gravity – Skip Lievsay, Niv Adiri, Christopher Benstead and Chris Munro

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MEJOR EDICIÓN DE SONIDO

Gravity – Glenn Freemantle

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MEJOR CORTOMETRAJE DE FICCIÓN

Helium

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MEJOR CORTOMETRAJE DE ANIMACIÓN

Mr.Hublot

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MEJOR CORTOMETRAJE DOCUMENTAL

The lady in number 6: Music saved my life

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El corazón delator – Edgar Allan Poe-

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Hoy traigo un relato de uno de los grandes de la literatura y uno de los escritores que con más buen hacer ha abordado el género de la narrativa breve. Edgar Allan Poe.

Poco se puede decir de Poe que no se haya dicho ya; cambió las normas del género de terror en la literatura, su trabajo en el trasfondo psicológico de los personajes es memorable, y no lo es menos el de los escenarios, en esas casas victorianas que tomaban vida propia y se convertían en el reflejo del alma de sus habitantes.

Él fue el padre del terror psicológico y, un autor de referencia cuyo eco aún resuena en la pluma de muchos escritores actuales.

En este relato, breve, muy breve, se aprecian todas las grandes cualidades de Poe como narrador y por encima de todas, una, su maestría a la hora de abordar algo tan complicado como el tema de la locura, y es que Poe profundiza con matices que van más allá de la mera mirada superficial metiéndose dentro de la cabeza del demente y transmitiendo sus pensamientos de forma que consigamos empatizar y nos volvamos cómplices de su enajenación.

En el relato que hoy veremos, El corazón delator, en unas cuantas líneas, Poe levanta un personaje de forma magistral. Esto se puede observar desde el primer momento, ya que nada más empezar el relato, lo que leemos y oímos es la voz del protagonista en primera persona, en un primer párrafo que rápidamente te introduce en la mente del personaje. Es admirable como un sencillo ja, ja, dos simples palabras, dicen tanto y son tan reveladores del estado mental de una persona. Aunque parezca insignificante, es el cómo está puesto y donde está puesto lo que lo hace tan importante.

Los cuentos de Poe se enmarcan dentro del género de terror, pero no buscan el susto fácil, ni tampoco son relatos que desborden fantasía o  traten sobre monstruos, demonios u criaturas extrañas provenientes de otras dimensiones. Son relatos que hablan de la  psique humana, relatos poseedores de un lenguaje universal y que abordan temas muy cercanos. Historias que no pasan de moda, y que cuando son tratados con la maestría con que lo hace Poe, dejan una profunda marca de la que aun hoy seguimos hablando y estudiando en las facultades y clases de literatura.

Recuerdo que en su momento, cuando estudie narrativa, algo que siempre se recalcaba es la importancia de los detalles. Estos son los que diferencia a un buen escritor de un gran escritor.  Este relato es una buena muestra de ello y pocas lecciones mejores se pueden dar, que las que uno puede sacar al leer este cuento.

La traducción por cierto, es de Julio Cortázar. Gran admirador de Poe y que hizo un excelente trabajo traduciendo parte de su obra.

Disfrutadlo.

 

 

El corazón delator

Edgar Allan Poe

Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

FIN

Los BAFTA coronan a ’12 años de esclavitud’ y a ‘Gravity’

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Los premios anuales del cine británico, los BAFTA, dieron como grandes triunfadoras de la noche a 12 años de esclavitud y a Gravity. La gala que se celebró en el Royal Opera House de Londres tuvo pues, pocas sorpresas, y se repitió el duelo que ya se vio en los Globos de Oro con prácticamente idénticos resultados.

Estas dos películas, que parten como máximas favoritas en la carrera de los Oscar, nos brindaron un nuevo asalto, que acabó más o menos en tablas en lo que se refiere a galardones importantes.

Steve McQueen

Steve McQueen

La odisea espacial de Alfonso Cuarón se llevó seis estatuillas, entre ellas el codiciado BAFTA a la mejor dirección y cinco más, de carácter técnico. Por otro lado, el drama histórico de Steve McQueen, 12 años de esclavitud, consiguió el premio gordo de la noche, al alzarse con el BAFTA a mejor película, pasando por encima de La Gran estafa americana, Capitán Philips, Philomena y su gran rival Gravity. La cinta del director británico, también se llevó otra de las estatuillas más deseadas, el BAFTA a mejor actor, que le fue otorgado a Chiwetel Ejiofor.

Alfonso Cuarón

Alfonso Cuarón

Otra de las triunfadoras de la noche de ayer fue La Gran estafa Americana, que aunque se quedó fuera de los premios importantes, se llevó nada menos que tres estatuillas: la de mejor guion original, mejor maquillaje, y mejor actriz secundaria, que fue a parar a Jennifer Lawrence.

El joven actor Will Poulter, se llevó el BAFTA a la estrella emergente de 2013, y en cuanto a los galardones honoríficos, Helen Mirren y Peter Greenaway fueron los premiados en esta edición, por su larga y exitosa contribución a la difusión del cine británico.

Los BAFTA son la última cita cinematográfica de relevancia antes de los Oscars. Y son una piedra de toque muy importante de cara a lo que pasará el próximo 2 de marzo en el Teatro Kodak de los Ángeles. Donde, si tenemos en cuenta lo que ha sucedido en los festivales anteriores y si se repite el guión, 12 años de esclavitud parte como la gran favorita y Gravity se postula como la única cinta capaz de plantarle cara.

A continuación una lista con todos los premiados.

12 AÑOS DE ESCLAVITUD

  • Mejor pélicula
  • Mejor actor: Chiwetel Ejiofor

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GRAVITY

  • Mejor director: Alfonso Cuarón
  • Mejor película británico
  • Mejor Música original: Steven Price
  • Mejor sonido: Glenn Freemantle, Skip Lievsay, Christopher Benstead, Niv Adiri, Chris Munro
  • Mejor fotografía: Emmanuel Lubezki
  • Mejores efectos especiales: Tim Webber, Chris Lawrence, David Shirk, Neil Corbould, Nikki Penny

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LA GRAN ESTAFA AMERICANA

  • Mejor guión original: Eric Warren Singer, David O. Russell
  • Mejor actriz secundaria: Jennifer Lawrence
  • Mejor maquillaje: Evelyne Noraz, Lori McCoy-Bell, Kathrine Gordon

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BLUE JASMINE

  • Mejor actriz: Cate Blanchett

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PHILOMENA

  • Mejor guión adaptado: Steve Coogan, Jeff Pope

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CAPITÁN PHILLIPS

  • Mejor actor secundario: Barkhad Abdi

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LA GRAN BELLEZA

  • Mejor película de habla no inglesa

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THE ACT OF KILLING

  • Mejor documental

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KELLY + VICTOR

  • Mejor debut de un guionista, director o productor británico: Kieran Evans (Director+guionista)

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EL GRAN GATSBY

  • Mejor diseño de producción: Catherine Martin, Beverley Dunn
  • Mejor vestuario: Catherine Martin

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RUSH

  • Mejor montaje: Dan Hanley, Mike Hill

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FROZEN

  • Mejor película de animación

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ROOM 8

  • Mejor cortometraje británico

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SLEEPING WITH THE FISHES

  • Mejor cortometraje británico animado

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30 años sin Cortázar

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Ayer se cumplieron treinta años de la muerte de Julio Cortázar. En La Noche de Maine queremos rememorar la figura del desgarbado genio argentino, que con sus palabras y su prosa encandiló a todo aquel que se acercó a su obra.

Cuando se nombra a Cortázar, a todo el mundo le viene una palabra a la cabeza, Rayuela, y no es para menos. Es su obra máxima, un trabajo donde se ven reflejadas todas sus virtudas como escritor. La magia de su pluma queda condensada en un libro que desprende originalidad y frescura por los cuatro costados, y que en su momento fue un revolución narrativa. Un libro que sin duda ha dejado una huella imborrable en la historia de la literatura. Pero Cortázar, tenía mas vertientes literarias que la de novelista. Era también un gran escritor de cuentos. En ellos acostumbraba a usar una simbiosis de fantasía y surrrealismo que le funcionaba a las mil maravillas. Una perfecta receta de alquimia, que ha conseguido dotar a sus textos de una voz reconocible, una voz que late con la fuerza de las palabras vivas. Esas que van más allá de la mera marca que deja la tinta sobre el papel para instalarse en los corazones y las mentes de los lectores.

Y por eso, he pensado, que la mejor manera de recordar a Cortázar, es precisamente, posteando uno de sus relatos.

En una difícil elección, me he decantado por uno de sus textos más significativos, La noche boca arriba. Un cuento muy recomendable, donde el escritor argentino va difumando con mucha astucia la frontera que separa sueño y vigila.

Como curiosidad, os dejó también con este bonito homenaje a Julio Cortázar, que el diario El País ha hecho en forma de autobiografía, a partir de entrevistas y textos suyos.

Y eso es todo. Abajo tenéis el relato. Os dejo con él. En muy buena compañia. Que lo disfruteis y tengais una feliz lectura ;).

 
 
 

La noche boca arriba

Julio Cortázar

 
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado a donde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en las piernas. “Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…”; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. “Natural”, dijo él. “Como que me la ligué encima…” Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. “Huele a guerra”, pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.” Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.