Un fenómeno llamado True Detective

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Es la serie de moda, todo el mundo habla de ella, ¿Pero es realmente tan buena o solo se trata del pelotazo del momento? Bueno, en este caso en concreto, y desde mi particular punto de vista, puedo decir que las opiniones no son nada exageradas. True Detective, es una de esas series que juega en otra liga, igual ‘The Wire’, ‘Los Soprano’ o ‘Breaking Bad’. Aunque tampoco la incluiría dentro de esta santísima trinidad, ya que para eso tendríamos que ver el puzle completo.

Cada temporada de True Detective es y será corta, ocho capítulos, un poco al estilo británico, y en cada nueva temporada tendremos una pareja de detectives diferentes con casos diferentes. Es una manera singular de enfocar historias en la pequeña pantalla. Más arriesgada, más miniserie que serie  sin ser lo uno ni lo otro, y con tramas autoconclusivas, lo cual me parece una decisión acertada. De esta manera las historias no se dilatan tanto en el tiempo y no sufren los acostumbrados altibajos que nos ofrecen series más largas. Lo mismo pasa con los personajes, al estar planteado de esta manera y tener que estar todo resuelto en ocho capítulos, los protagonistas están mucho más trabajados desde el inicio y se puede poner toda la carne en el asador desde el primer capítulo.

De momento solo tenemos una temporada de True Detective, y veremos cómo funcionan las demás. Lo único que puedo decir de esta, es que es absolutamente absorbente.

No es que sea una historia muy original, esto de dos detectives buscando un asesino en serie es algo que ya se ha contado antes, lo hemos visto mil veces, pero es el cómo está contado. La forma, la pausa. Esa marca HBO que destila cada poro de sus fotogramas, empezando por una intro muy artística acompañada de la canción Far from any road de The Handsome Family, tan poética como desgarradora y reveladora del mundo que se va a abrir ante nosotros.

Luego está el elemento narrativo que funciona perfectamente y le da una voz muy propia a True Detective. La trama avanza entre una continua sucesión de flashbacks que se intercalan con las entrevistas que les hacen dos policías a la pareja de detectives en el presente. La serie juega bien con las diferentes líneas temporales sin caer en la confusión, desgranando la historia con un ritmo muy marcado que consigue enganchar pronto al espectador. No hay desniveles entre el desarrollo del caso en el pasado y lo que sucede en las entrevistas, todo fluye como una máquina bien engrasada.

El elenco de la primera temporada de True Detective está formado por Rust Cohle (Mathew McConaghuey) y Martin Hart (Woody Harrelson). El primero pasará ya a la historia, como uno de los detectives más carismáticos de los últimos tiempos y me atrevería a situarlo en un nivel de impacto similar al que en su momento tuvo House. true-detectiveAl igual que este y otros personajes, Rust comparte esa visión nihilista de la vida, una mirada sin velos, libre de asperezas, observando todo lo que le rodea, con una objetividad cruda. Pero Rust Cohle no es una mente puramente racional. Es un ser humano roto, con un carácter fuertemente marcado por su pasado como agente encubierto en narcóticos, época en que se metió hasta el polvillo de los ladrillos. Claro está, con todas sus consecuencias. Sus reflexiones están llenas de matices filosóficos, desvaríos de rabiosa racionalidad que radiografían a las personas a su alrededor a un nivel de detalle casi molecular,  una forma de ver la vida tan desprovista de adornos como la naturaleza o el cosmos que él mismo evoca. Una visión que en ocasiones hasta se atraganta por ser tan áspera y dura, igual que la superficie desgastada de una roca que ha sido erosionada durante millones de años y que el tiempo ha pulido hasta darle la forma perfecta que la naturaleza le tenía destinada. Eso y muchas drogas. Esa es la mente de Rust Cohle.

En contraposición tenemos al personaje de Martin Hart (Woody Harrelson) un tipo práctico. La viva imagen del americano medio, la efigie del buen hombre de familia y buen policía, y que, como tantos otros, esconde lo que se esconde tras este tipo de estampas; un hombre lleno de contradicciones y cuya vida es una continua mentira. Y aunque es un personaje que de principio crea rechazo por sus ideas o mejor dicho, por su falta de ideas. Con el paso de los capítulos el personaje va cobrando cada vez más fuerza y la evolución que sufre, me ha parecido uno de los aspectos más destacables de la serie.

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El bueno de Rust flipándolo un poco

La dualidad entre la sinceridad desagradable de Rust y la rigidez obtusa de un tipo como Martin da mucho juego. Sus conversaciones y la evolución de su relación es sin duda el sello diferenciador de True Detective. Más importante que la propia historia, como ya pasa en muchas de las cosas que hace HBO, son los detalles, las anécdotas que se suceden en el camino las que toman relevancia. Como esas conversaciones en el coche, sobre la realidad, lo trascendental y lo eterno que dejan más huella en la retina que la propia investigación policial, que por la parte que le toca está muy bien llevada y cae en pocos artificios…solo al final, hay ciertos momentos que no me acaban de convencer, pero de esto no quiero hablar ni spoilear mucho.

Todos estos ingredientes y también la excelente fotografía de Adam Arkapaw, una fotografía de atmosferas cargadas, de parajes impregnados de capas de ácido y que refleja muy bien el alma de esos pantanales aislados y desolados de Luisiana y el alma de los propios personajes, conforman la que sin duda, a no ser que alguien se saque una genialidad de la chistera, es la serie del año.

Soy Alan Moore y he sido mago del caos chaval

Mención aparte, merecen las influencias y referencias literarias de True Detective.No son pocas, y van desde Alan Moore hasta H.P. Lovecfrat. Del primero. Si teníamos dudas de que el genial guionista de cómics y ex mago de la caos ha influido a todo dios, lo volvemos a corroborar, ya que Nick Pizzolato, el creador de la serie, tampoco parece haberse librado de sus garras, al menos esa impresión da tras leer su cómic The Courtyard, un cómic de corte Lovercraftiano, con dioses primigenios de por medio, en el que vemos ciertas similitudes entre Aldo Sax, el protagonista de la historía y Rust Cohle, nuestro detective favorito. Y otra pista importante es que el villano del cómic es un tipo llamado Johny Carcosa ¿Os suena de algo?, Carcosa es una palabra que no para de resonar en cada capítulo de True Detective, un concepto, una idea ¿Pero que es en realidad? Bueno, Carcosa es un ciudad ubicada dentro de la mitología de horror sobrenatural más clásico, la primera vez que se nombra es un relato de 1888 del escritor Ambrose Bierce, Un habitante de Carcosa, en la que un viajero aparentemente extraviado se encuentra ante las ruinas de una antigua y misteriosa ciudad, esta ciudad también seria nombrada más adelante por Robert. W. Chambers en su colección  de relatos El rey en amarillo ¿Lo del Rey Amarillo también os dice algo no?  A su vez estos escritores influenciaron a un autor que también tiene relación con la serie, H.P. Lovecraft, ya que tras la atmósfera malsana y la palabrería, en ocasiones incompresible de Rust, hay influencias directas de los personajes y decorados opresivos de la obra de Lovecraft y también de otros escritores como Arthur Machen o Edgar Allan Poe. Por cierto y como curiosidad, también hay una ciudad de Carcosa en la saga literaria Canción de Hielo y fuego de George. R.R. Martin

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Thomas Ligotti, terror ancestral y filosofía. Todo en uno

Pero la cosa no acaba aquí, también hay referencias más actuales confesadas por el propio creador de la serie Nick Pizzolato, quien dijo que la obra de terror, tratado filosófico, desvarío mental, La conspiración contra la raza humana del escritor de terror Thomas Ligotti, había sido una inspiración directa en la elaboración de los monólogos de Rust Cohle. Por cierto, que Thomas Ligotti es un escritor que bebe directamente de las fuentes del horror sobrenatural de Lovecraft, Machen y compañía. Otra conexión más.

Os recomiendo encarecidamente leer sus dos colecciones de relatos, Noctuario y La fabrica de pesadillas, ya que tiene ese toque de surrealismo, de inclasificable, de sin sentido, o como queráis llamarlo, incluso se le ha puesto la etiqueta de terror filosófico, sea lo que sea lo que signifique eso. Como a mí no me gustan esto de las etiquetas, yo solo diré que se trata de un escritor diferente, no muy accesible para el lector de terror más clásico o comercial, pero al que hay que darle una oportunidad, os aseguro que Thomas Ligotti solo hay uno. Leerlo y lo entenderéis.

Bueno, hasta aquí llega mi análisis/opinión, y ¿Hace falta decir que os la recomiendo?… supongo que no.

Feliz serie y disfrutad amigos.

Oscars 2014

The 85th Academy Awards® will air live on Oscar® Sunday, February 24, 2013.

Gravity
y 12 años de esclavitud han sido las grandes triunfadoras en la gala de los Oscars que se ha celebrado esta noche/madrugada en el Dolby Theater de los Angeles. Dalllas Buyers Club, ha sido la tercera en discordia, igualando en estatuillas a la película de Steve McQueen y llevándose el gato al agua en el reñido apartado de actores.

Las que han salido peor paradas, aunque se veia venir, han sido La gran estafa americana y El Lobo de Wall Street que se han ido de vacío.

La gala estuvo presentada por la comediante Ellen Degeneres, bien llevada por cierto, con momentos realmente surrealistas como el reparto de pizza (que Harrison Ford se tomó bastante en serio), o el ya famoso selfie, que ha batido records en twitter.

En cuanto al desarrollo y entrega de premios, todo ha seguido con el guion que era previsible. Mi favorita, que era Gravity, ha cumplido con creces, aunque finalmente 12 años de esclavitud se ha llevado el Oscar a mejor película.

La única sorpresa entre comillas, es que Di Caprio, no se ha llevado el Oscar a mejor actor y tendrá que esperar otro año para finalmente poder llevarse la estatuilla a casa. Eso sí, en esta ocasión tenía un rival muy duro, Matthew McConaughey, que con True Detective y Dallas Buyers Club, ha dado un vuelco a su carrera y se ha confirmado como unos de los actores más sólidos del panorama cinematográfico actual. También me sorprendió el Oscar conseguido por Lupita Nyong’o, no solo por el hecho de que casi no sale en la película, sino también porque tanto Jennifer Lawrence como June Squibb tienen un rol mucho más presencial en sus films y sus actuaciones son mucho más sólidas, pero claro, esto es Hollywood, la meca del postureo y cuando una actriz hace hype, hay que darle el Oscar sí o sí.

Desde mi twitter personal seguí la gala al minuto (ya al final con mucho sueño), y pero espero poder seguir haciéndolo otros años, porque la experiencia lo ha valido.

Sin más. Os dejó la lista con todos los premiados.

 

MEJOR PELÍCULA

12 años de esclavitud

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MEJOR DIRECTOR

Gravity- Alfonso Cuarón

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MEJOR ACTOR

Dallas Buyers Club – Matthew McConaughey

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MEJOR ACTRIZ

Blue Jasmine- Cate Blanchett

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MEJOR GUIÓN ORIGINAL

Her- Spike Jonze

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MEJOR GUIÓN ADAPTADO

12 años de esclavitud – John Ridley

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MEJOR ACTOR SECUNDARIO

Jared Letto

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MEJOR ACTRIZ SECUNDARIA

12 años de esclavitud – Lupita Nyong’o

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MEJOR PELÍCULA DE HABLA NO INGLESA

La gran belleza

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MEJOR PELÍCULA DE ANIMACIÓN

Frozen

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MEJOR DOCUMENTAL

A 20 pasos de la fama

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MEJORES EFECTOS ESPECIALES

Gravity – Tim Webber, Chris Lawrence, David Shirk and Neil Corbould

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MEJOR DISEÑO DE PRODUCCIÓN

El gran Gatsby – Catherine Martin, Beverley Dunn.

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MEJOR MONTAJE

Gravity – Alfonso Cuarón and Mark Sanger

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MEJOR FOTOGRAFIA

Gravity – Emmanuel Lubezki

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MEJOR DISEÑO DE VESTUARIO

El Gran Gatsby – Catherine Martin

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MEJOR MAQUILLAJE

Dallas Buyers Club – Adruitha Lee and Robin Mathews

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MEJOR MÚSICA ORIGINAL

Gravity – Steven Price

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MEJOR CANCIÓN ORIGINAL

Frozen – Lyric by Kristen Anderson-Lopez and Robert Lopez por Let it go

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MEJOR MEZCLA DE SONIDO

Gravity – Skip Lievsay, Niv Adiri, Christopher Benstead and Chris Munro

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MEJOR EDICIÓN DE SONIDO

Gravity – Glenn Freemantle

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MEJOR CORTOMETRAJE DE FICCIÓN

Helium

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MEJOR CORTOMETRAJE DE ANIMACIÓN

Mr.Hublot

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MEJOR CORTOMETRAJE DOCUMENTAL

The lady in number 6: Music saved my life

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El corazón delator – Edgar Allan Poe-

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Hoy traigo un relato de uno de los grandes de la literatura y uno de los escritores que con más buen hacer ha abordado el género de la narrativa breve. Edgar Allan Poe.

Poco se puede decir de Poe que no se haya dicho ya; cambió las normas del género de terror en la literatura, su trabajo en el trasfondo psicológico de los personajes es memorable, y no lo es menos el de los escenarios, en esas casas victorianas que tomaban vida propia y se convertían en el reflejo del alma de sus habitantes.

Él fue el padre del terror psicológico y, un autor de referencia cuyo eco aún resuena en la pluma de muchos escritores actuales.

En este relato, breve, muy breve, se aprecian todas las grandes cualidades de Poe como narrador y por encima de todas, una, su maestría a la hora de abordar algo tan complicado como el tema de la locura, y es que Poe profundiza con matices que van más allá de la mera mirada superficial metiéndose dentro de la cabeza del demente y transmitiendo sus pensamientos de forma que consigamos empatizar y nos volvamos cómplices de su enajenación.

En el relato que hoy veremos, El corazón delator, en unas cuantas líneas, Poe levanta un personaje de forma magistral. Esto se puede observar desde el primer momento, ya que nada más empezar el relato, lo que leemos y oímos es la voz del protagonista en primera persona, en un primer párrafo que rápidamente te introduce en la mente del personaje. Es admirable como un sencillo ja, ja, dos simples palabras, dicen tanto y son tan reveladores del estado mental de una persona. Aunque parezca insignificante, es el cómo está puesto y donde está puesto lo que lo hace tan importante.

Los cuentos de Poe se enmarcan dentro del género de terror, pero no buscan el susto fácil, ni tampoco son relatos que desborden fantasía o  traten sobre monstruos, demonios u criaturas extrañas provenientes de otras dimensiones. Son relatos que hablan de la  psique humana, relatos poseedores de un lenguaje universal y que abordan temas muy cercanos. Historias que no pasan de moda, y que cuando son tratados con la maestría con que lo hace Poe, dejan una profunda marca de la que aun hoy seguimos hablando y estudiando en las facultades y clases de literatura.

Recuerdo que en su momento, cuando estudie narrativa, algo que siempre se recalcaba es la importancia de los detalles. Estos son los que diferencia a un buen escritor de un gran escritor.  Este relato es una buena muestra de ello y pocas lecciones mejores se pueden dar, que las que uno puede sacar al leer este cuento.

La traducción por cierto, es de Julio Cortázar. Gran admirador de Poe y que hizo un excelente trabajo traduciendo parte de su obra.

Disfrutadlo.

 

 

El corazón delator

Edgar Allan Poe

Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

FIN

Los BAFTA coronan a ’12 años de esclavitud’ y a ‘Gravity’

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Los premios anuales del cine británico, los BAFTA, dieron como grandes triunfadoras de la noche a 12 años de esclavitud y a Gravity. La gala que se celebró en el Royal Opera House de Londres tuvo pues, pocas sorpresas, y se repitió el duelo que ya se vio en los Globos de Oro con prácticamente idénticos resultados.

Estas dos películas, que parten como máximas favoritas en la carrera de los Oscar, nos brindaron un nuevo asalto, que acabó más o menos en tablas en lo que se refiere a galardones importantes.

Steve McQueen

Steve McQueen

La odisea espacial de Alfonso Cuarón se llevó seis estatuillas, entre ellas el codiciado BAFTA a la mejor dirección y cinco más, de carácter técnico. Por otro lado, el drama histórico de Steve McQueen, 12 años de esclavitud, consiguió el premio gordo de la noche, al alzarse con el BAFTA a mejor película, pasando por encima de La Gran estafa americana, Capitán Philips, Philomena y su gran rival Gravity. La cinta del director británico, también se llevó otra de las estatuillas más deseadas, el BAFTA a mejor actor, que le fue otorgado a Chiwetel Ejiofor.

Alfonso Cuarón

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Otra de las triunfadoras de la noche de ayer fue La Gran estafa Americana, que aunque se quedó fuera de los premios importantes, se llevó nada menos que tres estatuillas: la de mejor guion original, mejor maquillaje, y mejor actriz secundaria, que fue a parar a Jennifer Lawrence.

El joven actor Will Poulter, se llevó el BAFTA a la estrella emergente de 2013, y en cuanto a los galardones honoríficos, Helen Mirren y Peter Greenaway fueron los premiados en esta edición, por su larga y exitosa contribución a la difusión del cine británico.

Los BAFTA son la última cita cinematográfica de relevancia antes de los Oscars. Y son una piedra de toque muy importante de cara a lo que pasará el próximo 2 de marzo en el Teatro Kodak de los Ángeles. Donde, si tenemos en cuenta lo que ha sucedido en los festivales anteriores y si se repite el guión, 12 años de esclavitud parte como la gran favorita y Gravity se postula como la única cinta capaz de plantarle cara.

A continuación una lista con todos los premiados.

12 AÑOS DE ESCLAVITUD

  • Mejor pélicula
  • Mejor actor: Chiwetel Ejiofor

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  • Mejor director: Alfonso Cuarón
  • Mejor película británico
  • Mejor Música original: Steven Price
  • Mejor sonido: Glenn Freemantle, Skip Lievsay, Christopher Benstead, Niv Adiri, Chris Munro
  • Mejor fotografía: Emmanuel Lubezki
  • Mejores efectos especiales: Tim Webber, Chris Lawrence, David Shirk, Neil Corbould, Nikki Penny

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LA GRAN ESTAFA AMERICANA

  • Mejor guión original: Eric Warren Singer, David O. Russell
  • Mejor actriz secundaria: Jennifer Lawrence
  • Mejor maquillaje: Evelyne Noraz, Lori McCoy-Bell, Kathrine Gordon

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BLUE JASMINE

  • Mejor actriz: Cate Blanchett

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PHILOMENA

  • Mejor guión adaptado: Steve Coogan, Jeff Pope

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CAPITÁN PHILLIPS

  • Mejor actor secundario: Barkhad Abdi

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LA GRAN BELLEZA

  • Mejor película de habla no inglesa

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THE ACT OF KILLING

  • Mejor documental

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KELLY + VICTOR

  • Mejor debut de un guionista, director o productor británico: Kieran Evans (Director+guionista)

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EL GRAN GATSBY

  • Mejor diseño de producción: Catherine Martin, Beverley Dunn
  • Mejor vestuario: Catherine Martin

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RUSH

  • Mejor montaje: Dan Hanley, Mike Hill

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FROZEN

  • Mejor película de animación

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ROOM 8

  • Mejor cortometraje británico

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SLEEPING WITH THE FISHES

  • Mejor cortometraje británico animado

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30 años sin Cortázar

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Ayer se cumplieron treinta años de la muerte de Julio Cortázar. En La Noche de Maine queremos rememorar la figura del desgarbado genio argentino, que con sus palabras y su prosa encandiló a todo aquel que se acercó a su obra.

Cuando se nombra a Cortázar, a todo el mundo le viene una palabra a la cabeza, Rayuela, y no es para menos. Es su obra máxima, un trabajo donde se ven reflejadas todas sus virtudas como escritor. La magia de su pluma queda condensada en un libro que desprende originalidad y frescura por los cuatro costados, y que en su momento fue un revolución narrativa. Un libro que sin duda ha dejado una huella imborrable en la historia de la literatura. Pero Cortázar, tenía mas vertientes literarias que la de novelista. Era también un gran escritor de cuentos. En ellos acostumbraba a usar una simbiosis de fantasía y surrrealismo que le funcionaba a las mil maravillas. Una perfecta receta de alquimia, que ha conseguido dotar a sus textos de una voz reconocible, una voz que late con la fuerza de las palabras vivas. Esas que van más allá de la mera marca que deja la tinta sobre el papel para instalarse en los corazones y las mentes de los lectores.

Y por eso, he pensado, que la mejor manera de recordar a Cortázar, es precisamente, posteando uno de sus relatos.

En una difícil elección, me he decantado por uno de sus textos más significativos, La noche boca arriba. Un cuento muy recomendable, donde el escritor argentino va difumando con mucha astucia la frontera que separa sueño y vigila.

Como curiosidad, os dejó también con este bonito homenaje a Julio Cortázar, que el diario El País ha hecho en forma de autobiografía, a partir de entrevistas y textos suyos.

Y eso es todo. Abajo tenéis el relato. Os dejo con él. En muy buena compañia. Que lo disfruteis y tengais una feliz lectura ;).

 
 
 

La noche boca arriba

Julio Cortázar

 
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado a donde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en las piernas. “Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…”; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. “Natural”, dijo él. “Como que me la ligué encima…” Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. “Huele a guerra”, pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.” Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

Ahora: Zero ¿El relato que inspiró a Death Note?

Para los que no sepan que es Death Note, decir que es un manga creado por Tsugumi Ōba y Takeshi Obata, más tarde convertido en serie de animación.

La serie supuso en su momento todo un boom. Y es aun, a día de hoy, uno de los mangas mejor considerados por crítica y público. 1315953016_78

Mi opinión particular, ya que he visto la serie de animación, no puede ser mejor. Los guiones son magníficos, de los mejores con los que me he topado (y no solo en lo referente al mundo de la animación). Y además poseé un ritmo endiablado que te atrapa desde el minuto uno.

Death Note es una de esas series que brillan con luz propia, que trascienden la pantalla y acaban convirtiéndose en todo un fenómeno de masas. Por méritos propios, la serie consiguió algo bastante difícil y que han logrado contados animes. Acercarse al público más reacio a la animación oriental y hacerlo con éxito.

Pero el tajo del asunto no es lo buena que es Death Note, que lo es, sino una sorpresa inesperada con la que me encontré ayer.

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J.G. Ballard

Estaba yo leyendo una colección de relatos de ciencia ficción de J.G. Ballard. Un tipo no tan famoso como los Asimov, Dick , Clarke o Bradbury, pero que sin duda es unos de los grandes. Y mientras devoraba relato tras relato, a cada cual mejor (recomiendo encarecidamente leer a este hombre) me topé con un texto titulado Ahora: Zero.

A medida que avanzaba en la lectura, mi cara iba cambiando, pasando de la pequeña sorpresa  al estupor total. No diré mucho del relato para no destripar el argumento, pero básicamente mi sorpresa era porque los parecidos con Death Note eran más que evidentes.

Me picó la curiosidad y busqué alguna referencia en la red a esta similitud entre relato y manga. Y encontré más de lo que esperaba. De hecho hay un magnifico post sobre el tema (eso sí en inglés) donde se nombra  un capitulo piloto de Death Note (del que desconocía su existencia), que es aún, si cabe, más similar al relato. Aquí está la página donde se pueden encontrar un par de fragmentos de dicho capítulo comentados por el autor del blog http://www.ballardian.com/now-zero-vs-death-note.

Aquí os dejo el capítulo piloto entero del manga, en castellano.


 
Personalmente, después de leer el relato, si que creo que les sirvió de inspiración, y si fue así, me parece perfecto. Gracias a eso, nos brindaron una serie genial, con voz propia y provista de unos personajes inolvidables.

Como no. Aquí os dejó el relato del escritor británico, para que juzguéis vosotros mismos.

A los seguidores de Death Note posiblemente les arrancará una sonrisa y a los que no sepáis nada de la serie, seguramente os atrapará su originalidad.

Espero que disfrutéis de este magnífico texto de J.G.Ballard, que no roba nada de tiempo y se lee de una sentada.
 
 

AHORA: ZERO
J.G. Ballard
 

 USTED ME PREGUNTABA cómo descubrí este poder absurdo y fantástico. Como
al doctor Fausto, ¿me lo otorgó el mismísimo Diablo a cambio de mi alma? ¿Lo obtuve
acaso por medio de algún extraño objeto talismánico —un ojo de ídolo, una pata de
mono— desenterrado de un viejo baúl o legado por un marinero moribundo? ¿O me lo
habré encontrado mientras investigaba las obscenidades de los Misterios Eleusinos y
de la Misa Negra, percibiendo de pronto todo el horror y magnitud de ese poder entre
nubes de incienso y humo sulfuroso?
Nada de eso. En realidad el poder se me reveló de manera bastante accidental, en
el curso de trivialidades cotidianas: se me apareció disimuladamente en las puntas de
los dedos, como un talento para el bordado. Fue algo tan inesperado, tan gradual, que
tardé en darme cuenta.
Y ahora usted preguntará por qué tengo que contarles todo esto, describir el
increíble y todavía insospechado origen de mi poder, catalogar libremente los nombres
de mis victimas, la fecha y la forma exacta de esas muertes. ¿Estaré tan loco que
busco realmente justicia: el proceso, el birrete negro y el verdugo que me salta a la
espalda, como Quasimodo, y me arranca de la garganta la campanada de la muerte?
No ( ¡ironía perfecta!), la extraña naturaleza de mi poder es tal que puedo difundirlo sin temor a todos aquellos que deseen oírme…Leer más

Premios Goya 2014

Goya 2014

Como cada año, la flor y la nata del panorama cinematográfico español se vistió de gala para celebrar la entrega de sus premios más emblemáticos.

La ceremonia, celebrada en el Hotel Auditorium de Madrid, estuvo envuelta por la polémica ausencia del ministro de “cultura” Jose Ignacio Wert. El hombre, que más que problemas de agenda lo que tenía era pocas ganas de recibir una sonora bronca, no estuvo de cuerpo presente, pero como si lo hubiera estado, ya que se acordaron continuamente de él y le llovieron guantazos de todas direcciones.

Dejando el politiqueo de lado, en el aspecto puramente cinematográfico del asunto, este año la gran triunfadora ha sido Vivir es fácil con los ojos cerrados de David Trueba, que se ha llevado seis estatuillas, entre ellas las dos más importantes. Mejor película  y mejor dirección. En cuanto a cantidad, las Brujas de Zugarramurdi se ha llevado la palma con ocho premios, siete de ellos de calado técnico, más el de mejor actriz secundaria, que ha ido a parar a la veterana interpreteTerele Pávez.

La gran perdedora de este año ha sido La gran familia española, que con 11 nominaciones, partía como gran favorita, y finalmente solo se ha llevado a casa dos bustos de Goya.

A continuación una lista con todos los premiados.
 

VIVIR ES FÁCIL CON LOS OJOS CERRADOS
 
Mejor película

- Mejor dirección: David Trueba

- Mejor actor: Javier Camara

- Mejor guión original: David Trueba

- Mejor actriz revelación: Natalia de Molina

- Mejor música original: Pat Metheny

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LAS BRUJAS DE ZUGARRAMURDI
 
- Mejor actriz de reparto: Terele Pávez

- Mejor dirección de producción: Carlos Bernases

- Mejor montaje: Pablo Blanco

- Mejor dirección artística: Arturo García “Biaffra”, José Luis Arrizabalga “Arri”

- Mejor diseño de vestuario: Francisco Delgado López

- Mejor maquillaje y peluqueria: María Dolores Gómez Castro, Javier Hernández Valentín, Pedro Rodríguez “Pedrati”, Francisco J. Rodríguez Frías

- Mejor sonido: Charly Schmukler, Nicolás de Poulpiquet, Charly Schmukler

- Mejores efectos especiales: Juan Ramón Molina, Ferrán Piquer

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LA HERIDA
 
- Mejor dirección novel: Fernando Franco

- Mejor actriz: Marian Álvarez
 
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LA GRAN FAMILIA ESPAÑOLA
 
- Mejor actor de reparto: Roberto Álamo

- Mejor canción original: Do You Really Want To Be In Love?
de Josh Rouse.

 
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TODAS LAS MUJERES
 
- Mejor guión adaptado: Alejandro Hernández, Mariano Barroso
 
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STOCKHOLM
 
- Mejor actor revelación: Javier Pereira
 
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CANIBAL
 
- Mejor dirección de fotografía: Pau Esteve Birba
 
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FUTBOLÍN
 
- Mejor pelicula de animación
 
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LAS MAESTRAS DE LA REPÚBLICA
 
- Mejor documental
 
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AZUL Y NO TAN ROSA
 
- Mejor película Iberoamericana
 
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AMOR
 
- Mejor película europea
 
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ABSTENERSE AGENCIAS
 
- Mejor cortometraje
 
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CUERDAS
 
- Mejor cortometraje de animación
 
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MINERITA
 
- Mejor cortometraje documental
 
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Aspectos del cuento por Julio Cortazar

Hoy os dejo con un  texto de Julio Cortázar en el que nos habla del cuento. En  un interesante análisis, Cortázar nos desmenuza y nos explica las claves sobre este gran género literario, que el mismo define de esta manera tan hermosa

“Tan huidizo en sus múltiples y antagónicos aspectos, y en última instancia tan secreto y replegado en sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario”

Valga decir que es un texto un poco largo, que toma su tiempo. Así que mejor tomárselo sin prisa pero sin pausa. La recompensa bien lo merece.

Julio Cortazar Portrait Session

Algunos aspectos del cuento

Originalmente publicado en
Diez años de la revista “Casa de las Américas”,
nº 60, julio 1970, La Habana

Me encuentro hoy ante ustedes en una situación bastante paradójica. Un cuentista argentino se dispone a cambiar ideas acerca del cuento sin que sus oyentes y sus interlocutores, salvo algunas excepciones, conozcan nada de su obra. El aislamiento cultural que sigue perjudicando a nuestros países, sumado a la injusta incomunicación a que se ve sometida Cuba en la actualidad, han determinado que mis libros, que son ya unos cuantos, no hayan llegado más que por excepción a manos de lectores tan dispuestos y tan entusiastas como ustedes. Lo malo de esto no es tanto que ustedes no hayan tenido oportunidad de juzgar mis cuentos, sino que yo me siento un poco como un fantasma que viene a hablarles sin esta relativa tranquilidad que da siem­pre el saberse precedido por la labor cumplida a lo largo de los años. Y esto de sentirse como un fantasma debe ser ya perceptible en mí, porque hace unos días una señora argentina me aseguró en el hotel Riviera que yo no era julio Cortázar, y ante mi estupefacción agregó que el auténtico Julio Cortázar es un señor de cabellos blancos, muy amigo de un pariente suyo, y que no se ha movido nunca de Buenos Aires. Como yo hace doce años que resido en París, comprenderán ustedes que mi calidad espectral se ha intensificado notablemente después de esta revelación. Si de golpe desaparezco en mitad de una frase, no me sorprenderé demasiado; y a lo mejor salimos todos ganando.
Se afirma que el deseo más ardiente de un fantasma es recobrar por lo menos un asomo de corporeidad, algo tangible que lo devuelva por un momento a su vida de carne y hueso. Para lograr un poco de tangibilidad ante ustedes, voy a decir en pocas palabras cuál es la dirección y el sentido de mis cuentos. No lo hago por mero placer informativo, porque ninguna reseña teórica puede sustituir la obra en sí; mis razones son más importantes que ésa.Puesto que voy a ocuparme de algunos aspectos del cuento como género literario, y es posible que algunas de mis ideas sorprendan o choquen a quienes las lean, me parece de una elemental honradez definir el tipo de narración que me interesa, señalando mi especial manera de entender el mundo. Casi todos los cuentos que he escrito pertenecen al género llamado fantástico por falta de mejor nombre, y se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII, es decir, dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa y efecto, de psicologías definidas, de geografía bien cartografiadas. En mi caso, la sospecha de otro orden más secreto y menos comunicable, y el fecundo descubrimiento de Alfred Jarry, para quien el verdadero estudio de la realidad no residía en las leyes sino en las excepciones a esas leyes, han sido algunos de los principios orientadores de mi búsqueda personal de una literatura al margen de todo realismo demasiado ingenuo. Por eso, si en las ideas que siguen encuentran ustedes una predilección por todo lo que en el cuento es excepcional, trátese de los temas o incluso de las formas expresivas, creo que esta presentación de mi propia manera de entender el mundo explicará mi toma de posesión y mi enfoque del problema. En último extremo podrá decirse que solo he hablado del cuento tal y como yo lo practico. Y sin embargo, no creo que sea así. Tengo la certidumbre de que existen ciertas constantes, ciertos valores que se aplican a todos los cuentos, fantásticos o realistas, dramáticos o humorísticos. Y pienso que tal vez sea posible mostrar aquí esos elementos invariables que dan a un buen cuento su atmósfera peculiar y su calidad de obra de arte.
La oportunidad de cambiar ideas acerca del cuento me interesa por diversas razones. Vivo en un país —Francia— donde este género tiene poca vigencia, aunque en los últimos años se nota entre escritores y lectores un interés creciente por esa forma de expresión. De todos modos, mientras los críticos siguen acumulando teorías y manteniendo enconadas polémicas acerca de la novela, casi nadie se interesa por la problemática del cuento. Vivir como cuentista en un país donde esta forma expresiva es un producto casi exótico, obliga forzosamente a buscar en otras literaturas el alimento que allí falta. Poco a poco, en sus textos originales o mediante traducciones, uno va acumulando casi rencorosamente una enorme cantidad de cuentos del pasado y del presente, y llega el día en que puede hacer un balance, intentar una aproximación valorativa a ese género de tan difícil definición, tan huidizo en sus múltiples y antagónicos aspectos, y en última instancia tan secreto y replegado en sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario.

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Pero además de ese alto en el camino que todo escritor debe hacer en algún momento de su labor, hablar del cuento tiene un interés especial para nosotros, puesto que casi todos los países americanos de lengua española le están dando al cuento una importancia excepcional, que jamás había tenido en otros países latinos como Francia o España. Entre nosotros, como es natural en las literaturas jóvenes, la creación espontánea precede casi siempre al examen crítico, y está bien que así sea. Nadie puede pretender que los cuentos solo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco incasillable; en segundo lugar los teóricos y los críticos no tienen por qué ser los cuentistas mismos, y es natural que aquellos solo entren en escena cuando exista ya un acervo, un acopio de literatura que permita indagar y esclarecer su desarrollo y sus cualidades. En América, tanto en Cuba como en Méjico o Chile o Argentina, una gran cantidad de cuentistas trabaja desde comienzos de siglo, sin conocerse entre sí, descubriéndose a veces de manera casi póstuma. Frente a ese panorama sin coherencia suficiente, en el que pocos conocen a fondo la labor de los demás, creo que es útil hablar del cuento por encima de las particularidades nacionales e internacionales, porque es un género que entre nosotros tiene una importancia y una vitalidad que crecen de día en día. Alguna vez se harán las antologías definitivas -como las hacen los países anglosajones, por ejemplo- y se sabrá hasta dónde hemos sido capaces de llegar. Por el momento no me parece inútil hablar del cuento en abstracto, como género literario. Si nos hacemos una idea convincente de esa forma de expresión literaria, ella podrá contribuir a establecer una escala de valores para esa antología ideal que está por hacerse. Hay demasiada confusión, demasiados malentendidos en este terreno. Mientras los cuentistas siguen adelante su tarea, ya es tiempo de hablar de esa tarea en sí misma, al margen de las personas y de las nacionalidades. Es preciso llegar a tener una idea viva de lo que es el cuento, y eso es siempre difícil en la medida en que las ideas tienden a lo abstracto, a desvitalizar su contenido, mientras que a su vez la vida rechaza angustiada ese lazo que quiere echarle la conceptualización para fijarla y categorizarla. Pero si no tenemos una idea viva de lo que es el cuento habremos perdido el tiempo, porque un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal, si se me permite el término; y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia. Solo con imágenes se puede trasmitir esa alquimia secreta que explica la profunda resonancia que un gran cuento tiene entre nosotros, y que explica también por qué hay muchos cuentos verdaderamente grandes.
Para entender el carácter peculiar del cuento se le suele comparara con la novela, género mucho más popular y sobre el cual abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de la lectura, sin otro límite que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede las veinte páginas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En ese sentido, la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un “orden abierto”, novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brasai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándolo determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara. Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el “clímax” de la obra, en una fotografía o en un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucha más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento. Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa “apertura” a que me refería antes. Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.
Decíamos que el cuentista trabaja con un material que calificamos de significativo. El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos de una Katherine Mansfield o un Sherwood Anderson, se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico. Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta. Pienso, por ejemplo, en el tema de la mayoría de los admirables relatos de Antón Chéjov. ¿Qué hay allí que no sea tristemente cotidiano, mediocre, muchas veces conformista o inútilmente rebelde? Lo que se cuenta en esos relatos es casi lo que de niños, en las aburridas tertulias que debíamos compartir con los mayores, escuchábamos contar a los abuelos o a las tías; la pequeña, insignificante crónica familiar de ambiciones frustradas, de modestos dramas locales, de angustias a la medida de una sala, de un piano, de un té con dulces. Y sin embargo, los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada.

Anton Chejov. Uno de los mejores cuentistas que ha dado el mundo de la literatura.

Anton Chejov

Ustedes se han dado ya cuenta de que esa significación misteriosa no reside solamente en el tema del cuento, porque en verdad la mayoría de los malos cuentos que todos hemos leído contienen episodios similares a los que tratan los autores nombrados. La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema. Y es aquí donde, bruscamente, se produce el deslinde entre el buen y el mal cuentista. Por eso habremos de detenernos con todo el cuidado posible en esta encrucijada, para tratar de entender un poco más esa extraña forma de vida que es un cuento logrado, y ver por qué está vivo mientras otros, que aparentemente se le parecen, no son más que tinta sobre papel, alimento para el olvido.
Miremos la cosa desde el ángulo del cuentista y en este caso, obligadamente, desde mi propia versión del asunto. Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o en menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un tema no tan es sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo. En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos —cómo decirlo— al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi consciencia razonante, como si yo no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena. Pero eso, que puede depender del temperamento de cada uno, no altera el hecho esencial, y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es definible. Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema?
A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba de ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía consciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y hermosos? Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido y olvidado tanto. Pero esos pequeños, insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo en nosotros. ¿No es verdad que cada uno tiene su colección de cuentos? Yo tengo la mía, y podría dar algunos nombres. Tengo William Wilson de Edgar A. Poe; tengo Bola de sebo de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran y giran: ahí está Un recuerdo de Navidad de Truman Capote; Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Jorge Luis Borges; Un sueño realizado de Juan Carlos Onetti; La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi; Cincuenta de los grandes, de Hemingway; Los soñadores, de Izak Dinesen, y así podría seguir y seguir… Ya habrán advertido ustedes que no todos esos cuentos son obligatoriamente de antología. ¿Por qué perduran en la memoria? Piensen en los cuentos que no han podido olvidar y verán que todos ellos tienen la misma característica: son aglutinantes de una realidad infinitamente más basta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto. Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.
Sin embargo, hay que aclarar mejor esta noción de temas significativos. Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor, y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector, y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores. Por eso, cuando decimos que un tema es significativo, como en el caso de los cuentos de Chejov, esa significación se ve determinada en cierta medida por algo que está fuera del tema en sí, por algo que está antes y después del tema. Lo que está antes es el escritor, con su carga de valores humanos y literarios, con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido; lo que está después es el tratamiento literario del tema, la forma en que el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa verbalmente y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y lo proyecta en último término hacia algo que excede el cuento mismo. Aquí me parece oportuno mencionar un hecho que me ocurre con frecuencia, y que otros cuentistas amigos conocen tan bien como yo. Es habitual que en el curso de una conversación, alguien cuente un episodio divertido o conmovedor o extraño, y que dirigiéndose luego al cuentista presente le diga: “Ahí tienes un tema formidable para un cuento; te lo regalo.” A mí me han regalado en esa forma montones de temas, y siempre he contestado amablemente: “Muchas gracias”, y jamás he escrito un cuento con ninguno de ellos. Sin embargo, cierta vez una amiga me contó distraídamente las aventuras de una criada suya en París. Mientras escuchaba su relato, sentí que eso podía llegar a ser un cuento. Para ella esos episodios no eran más que anécdotas curiosas; para mí, bruscamente, se cargaban de un sentido que iba mucho más allá de su simple y hasta vulgar contenido. Por eso, toda vez que me he preguntado: ¿Cómo distinguir entre un tema insignificante —por más divertido o emocionante que pueda ser—, y otro significativo?, he respondido que el escritor es el primero en sufrir ese efecto indefinible pero avasallador de ciertos temas, y que precisamente por eso es un escritor. Así como para Marcel Proust el sabor de una magdalena mojada en el té abría bruscamente un inmenso abanico de recuerdos aparentemente olvidados, de manera análoga el escritor reacciona ante ciertos temas en la misma forma en que su cuento, más tarde, hará reaccionar al lector. Todo cuento está así predeterminado por el aura, por la fascinación irresistible que el tema crea en su creador.
Llegamos así al fin de esta primera etapa del nacimiento de un cuento, y tocamos el umbral de su creación propiamente dicha. He aquí al cuentista, que ha escogido un tema valiéndose de esas sutiles antenas que le permiten reconocer los elementos que luego habrán de convertirse en obra de arte. El cuentista está frente a su tema, frente a ese embrión que ya es vida, pero que no ha adquirido todavía su forma definitiva. Para él ese tema tiene sentido, tiene significación. Pero si todo se redujera a eso, de poco serviría; ahora, como último término del proceso, como juez implacable, está esperando el lector, el eslabón final del proceso creador, el cumplimiento o fracaso del ciclo. Y es entonces que el cuento tiene que nacer puente, tiene que nacer pasaje, tiene que dar el salto que proyecte la significación inicial, descubierta por el autor, a ese extremo más pasivo y menos vigilante y muchas veces hasta indiferente que se llama lector. Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les basta escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que todos los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en la literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial. Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige. Ninguno de ustedes habrá olvidado El barril de amontillado, de Edgar A. Poe.

Edgar Allan Poe. Admirado por Cortazar e inlcuso traductor de algunas de sus obtras

Edgar Allan Poe

Lo extraordinario de este cuento es la brusca prescindencia de toda descripción de ambiente. A la tercera o cuarta frase estamos en el corazón del drama, asistiendo al cumplimiento implacable de una venganza. Los asesinos, de Hemingway, es otro ejemplo de intensidad obtenida mediante la eliminación de todo lo que no converja esencialmente al drama. Pero pensemos ahora en los cuentos de Joseph Conrad, de D. H. Lawrence, de Kafka. En ellos, con modalidades típicas de cada uno, la intensidad es de otro orden, y yo prefiero darle el nombre de tensión. Es una intensidad que se ejerce en al manera con que el autor nos va acercando lentamente a lo contado. Todavía estamos muy lejos de saber lo que va a ocurrir en el cuento, y sin embargo no podemos sustraernos a su atmósfera. En el caso de El barril de amontillado y de Los asesinos, los hechos despojados de toda preparación saltan sobre nosotros y nos atrapan; en cambio, en un relato demorado y caudaloso de Henry James —La lección del maestro, por ejemplo— se siente de inmediato que los hechos en sí carecen de importancia, que todo está en las fuerzas que los desencadenaron, en la malla sutil que los precedió y los acompaña. Pero tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio de escritor, y es aquí donde nos vamos acercando al final de este paseo por el cuento. En mi país, y ahora en Cuba, he podido leer cuentos de los autores más variados: maduros o jóvenes, de la ciudad o del campo, entregados a la literatura por razones estéticas o por imperativos sociales del momento, comprometidos o no comprometidos. Pues bien, y aunque suene a perogrullada, tanto en la Argentina como aquí los buenos cuentos los están escribiendo quienes dominen el oficio en el sentido ya indicado. Un ejemplo argentino aclarará mejor esto. En nuestras provincias centrales y norteñas existe una larga tradición de cuentos orales, que los gauchos se transmiten de noche en torno al fogón, que los padres siguen contando a sus hijos, y que de golpe pasan por la pluma de un escritor regionalista y, en una abrumadora mayoría de casos, se convierten en pésimos cuentos. ¿Qué ha sucedido? Los relatos en sí son sabrosos, traducen y resumen la experiencia, el sentido del humor y el fatalismo del hombre de campo; algunos incluso se elevan a la dimensión trágica o poética. Cuando uno los escucha de boca de un viejo criollo, entre mate y mate, siente como una anulación del tiempo, y piensa que también los aedos griegos contaban así las hazañas de Aquiles para maravilla de pastores y viajeros. Pero en ese momento, cuando debería surgir un Homero que hiciese una Iliada o una Odisea de esa suma de tradiciones orales, en mi país surge un señor para quien la cultura de las ciudades es un signo de decadencia, para quien los cuentistas que todos amamos son estetas que escribieron para el mero deleite de clases sociales liquidadas, y ese señor entiende en cambio que para escribir un cuento lo único que hace falta es poner por escrito un relato tradicional, conservando todo lo posible el tono hablado, los giros campesinos, las incorrecciones gramaticales, eso que llaman el color local. No sé si esa manera de escribir cuentos populares se cultiva en Cuba; ojalá que no, porque en mi país no ha dado más que indigestos volúmenes que no interesan ni a los hombres de campo, que prefieren seguir escuchando los cuentos entre dos tragos, ni a los lectores de la ciudad, que estarán muy echados a perder pero que se tienen bien leídos a los clásicos del género. En cambio —y me refiero también a la Argentina— hemos tenido a escritores como un Roberto J. Payró, un Ricardo Güiraldes, un Horacio Quiroga y un Benito Lynch que, partiendo también de temas muchas veces tradicionales, escuchados de boca de viejos criollos como un Don Segundo Sombra, han sabido potenciar ese material y volverlo obra de arte. Pero Quiroga, Güiraldes y Lynch conocían a fondo el oficio de escritor, es decir que sólo aceptaban temas significativos, enrique­cedores, así como Homero debió desechar montones de episodios bélicos y mágicos para no dejar más que aquellos que han llegado hasta nosotros gracias a su enorme fuerza mítica, a su resonan­cia de arquetipos mentales, de hormonas psíquicas como llamaba Ortega y Gasset a los mitos. Quiroga, Güiraldes y Lynch eran escritores de dimensión universal, sin prejuicios localistas o étnicos o populistas; por eso, además de escoger cuidadosa­mente los temas de sus relatos, los sometían a una forma literaria, la única capaz de transmitir al lector todos sus valores, todo su fermento, toda su proyección en profundidad y en altura. Escri­bían intensamente. No hay otra manera de que un cuento sea eficaz, haga blanco en el lector y se clave en su memoria.

Horacio Quiroga. Uno de los mejores escritores sudamericanos del genero fantástico.

Horacio Quiroga

El ejemplo que he dado puede ser de interés para Cuba. Es evidente que las posibilidades que la Revolución ofrece a un cuentista son casi infinitas. La ciudad, el campo, la lucha, el trabajo, los distintos tipos psicológicos, los conflictos de ideología y de carácter; y todo eso como exacerbado por el deseo que se ve en ustedes de actuar, de expresarse, de comunicarse como nunca habían podido hacerlo antes. Pero todo eso, ¿cómo ha de traducirse en grandes cuentos, en cuentos que lleguen al lector con la fuerza y la eficacia necesarias? Es aquí donde me gustaría aplicar concretamente lo que he dicho en un terreno más abstracto. El entusiasmo y la buena voluntad no bastan por sí solos, como tampoco basta el oficio de escritor por sí solo para escribir los cuentos que fijen literariamente (es decir, en la admiración colectiva, en la memoria de un pueblo) la grandeza de esta Revo­lución en marcha. Aquí, más que en ninguna otra parte, se requiere hoy una fusión total de estas dos fuerzas, la del hombre plena­mente comprometido con su realidad nacional y mundial, y la del escritor lúcidamente seguro de su oficio. En ese sentido no hay engaño posible. Por más veterano, por mas experto que sea un cuentista, si le falta una motivación entrañable, si sus cuentos no nacen de una profunda vivencia, su obra no irá más allá del mero ejercicio estético. Pero lo contrario será aún peor, porque de nada valen el fervor, la voluntad de comunicar un mensaje, si se carece de los instrumentos expresivos, estilísticos, que hacen posible esta comunicación. En este momento estamos tocando el punto crucial de la cuestíón. Yo creo, y lo digo después de haber pesado largamente todos los elementos que entran en juego, que escribir para una revolución, que escribir dentro de una revolución, que escribir revolucionariamente, no significa, como creen muchos, escribir obligadamente acerca de la revolución misma. Por mi parte, creo que el escritor revolucionario es aquel en quien se fusionan indisolublemente la conciencia de su libre compromiso individual y colectivo, con esa otra so­berana libertad cultural que confiere el pleno dominio de su oficio. Si ese escritor, responsable y lúcido, decide escribir literatura fantástica, o psicológica, o vuelta hacia el pasado, su acto es un acto de libertad dentro de la revolución, y por eso es también un acto revolucionario aunque sus cuentos no se ocupen de las formas individuales o colectivas que adopta la revolución. Contrariamente al estrecho criterio de muchos que confunden literatura con pedagogía, literatura con enseñanza, literatura con adoctrinamiento ideológico, un escritor revolucionario tiene todo el derecho de dirigirse a un lector mucho más complejo, mucho más exigente en materia espiritual de lo que imaginan los escritores y los críticos improvisados por las circunstancias y convencidos de que su mundo personal es el único mundo existente, de que las preocupaciones del momento son las únicas preocupaciones válidas. Repitamos, aplicándola a lo que nos rodea en Cuba, la admirable frase de Hamlet a Horacio: “Hay muchas más cosas en el cielo y en la tierra de lo que supone tu filosofia…” Y pensemos que a un escritor no se le juzga solamente por el tema de sus cuentos o sus novelas, sino por su presencia viva en el seno de la colectividad, por el hecho de que el compromiso total de su persona es una garantía indes­mentible de la verdad y de la necesidad de su obra, por más ajena que ésta pueda parecer a las circunstancias del momento. Esta obra no es ajena a la revolución porque no sea accesible a todo el mundo. Al contrario, prueba que existe un vasto sector de lectores potenciales que, en un cierto sentido, están mucho más separados que el escritor de las metas finales de la revolu­ción, de esas metas de cultura, de libertad, de pleno goce de la condición humana que los cubanos se han fijado para admira­ción de todos los que los aman y los comprenden. Cuanto más alto apunten los escritores que han nacido para eso, más altas serán las metas finales del pueblo al que pertenecen. ¡Cuidado con la fácil demagogia de exigir una literatura accesible a todo el mundo! Muchos de los que la apoyan no tienen otra razón para hacerlo que la de su evidente incapacidad para com­prender una literatura de mayor alcance. Piden clamorosamente temas populares, sin sospechar que muchas veces el lector, por más sencillo que sea, distinguirá instintivamente entre un cuento popular mal escrito y un cuento más difícil y complejo pero que lo obligará a salir por un momento de su pequeño mundo circun­dante y le mostrará otra cosa, sea lo que sea pero otra cosa, algo diferente. No tiene sentido hablar de temas populares a secas. Los cuentos sobre temas populares sólo serán buenos si se ajustan, como cualquier otro cuento, a esa exigente y difícil mecánica interna que hemos tratado de mostrar en la primera parte de esta charla. Hace años tuve la prueba de esta afirmación en la Argentina, en una rueda de hombres de campo a la que asistíamos unos cuantos escritores. Alguien leyó un cuento basado en un episodio de nuestra guerra de independencia, escrito con una deliberada sencillez para ponerlo, como decía su autor, “al nivel del campesino”. El relato fue escuchado cortésmente, pero era fácil advertir que no había tocado fondo. Luego uno de nosotros leyó La pata de mono, el justamente famo­so cuento de W. W. Jacobs. El interés, la emoción, el espanto, y finalmente el entusiasmo fueron extraordinarios. Recuerdo que pasamos el resto de la noche hablando de hechicería, de brujos, de venganzas diabólicas. Y estoy seguro de que el cuento de Jacobs sigue vivo en el recuerdo de esos gauchos analfabetos, mientras que el cuento supuestamente popular, fabricado para ellos, con su vocabulario, sus aparentes posibilidades intelectua­les y sus intereses patrióticos, ha de estar tan olvidado como el escritor que lo fabricó. Yo he visto la emoción que entre la gente sencilla provoca una representación de Hamlet, obra difícil y sutil si las hay, y que sigue siendo tema de estudios eruditos y de infi­nitas controversias. Es cierto que esa gente no puede comprender muchas cosas que apasionan a los especialistas en teatro isabelino. ¿Pero qué importa? Sólo su emoción importa, su maravilla y su transporte frente a la tragedia del joven príncipe danés. Lo que prueba que Shakespeare escribía verdaderamente para el pueblo, en la medida en que su tema era profundamente significativo para cualquiera -en diferentes planos, sí, pero alcanzando un poco a cada uno- y que el tratamiento teatral de ese tema tenía la in­tensidad propia de los grandes escritores, y gracias a la cual se quiebran las barreras intelectuales aparentemente más rígidas, y los hombres se reconocen y fraternizan en un plano que está más allá o más acá de la cultura. Por supuesto, sería ingenuo creer que toda gran obra puede ser comprendida y admirada por las gentes sencillas; no es así, y no puede serlo. Pero la admi­ración que provocan las tragedias griegas o las de Shakespeare, el interés apasionado que despiertan muchos cuentos y novelas nada sencillos ni accesibles, debería hacer sospechar a los parti­darios del mal llamado “arte popular” que su noción del pueblo es parcial, injusta, y en último término peligrosa. No se le hace ningún favor al pueblo si se le propone una literatura que pueda asimilar sin esfuerzo, pasivamente, como quien va al cine a ver películas de cowboys. Lo que hay que hacer es educarlo, y eso es en una primera etapa tarea pedagógica y no literaria. Para mí ha sido una experiencia reconfortable ver cómo en Cuba los escritores que más admiro participan en la revolución dando lo mejor de sí mismos, sin cercenar una parte de sus posibilidades en aras de un supuesto arte popular que no será útil a nadie. Un día Cuba contará con un acervo de cuentos y de no­velas que contendrá transmutada al plano estético, eternizada en la dimensión intemporal del arte, su gesta revolucionaria de hoy. Pero esas obras no habrán sido escritas por obligación, por con­signas de la hora. Sus temas nacerán cuando sea el momento, cuando el escritor sienta que debe plasmarlos en cuentos o novelas o piezas de teatro o poemas. Sus temas contendrán un mensaje auténtico y hondo, porque no habrán sido escogidos por un imperativo de carácter didáctico o proselitista, sino por una irresistible fuerza que se impondrá al autor, y que éste, apelando a todos los recursos de su arte y de su técnica, sin sacrificar nada ni a nadie, habrá de transmitir al lector como se transmiten las cosas fundamentales: de sangre a sangre, de mano a mano, de hombre a hombre.

Feliz 2014 con Jorge Luis Borges

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El 2013 se va y  tranquilos, que ahora ya viene otro. Tan solo cambia el número. Hoy es martes y mañana miércoles. Aparentemente nada anormal ¿no? Y sin embargo entre medio de este salto de día tan aparentemente rutinario. Sucede algo. La hora cambia.

Ya bueno ¿Y qué? se puede preguntar uno. Es un salto en el tiempo ínfimo ¡Pero ojo! no irrelevante. En absoluto. Porque da igual donde estés. En todos los sitios. En cualquier lugar del globo. Ocurre lo mismo. Una exaltación colectiva sin parangón que desboca en la fiesta colectiva más masiva de la humanidad. Y que aunque no de una manera tan masificada, viene produciéndose no desde ahora, ni desde hace veinte años, sino desde hace milenios. Desde que en la mente del hombre se despertó la chispa de la curiosidad y sus ojos escrutaron las estrellas en busca de respuestas. Da igual que no tuvieran calendario, de alguna manera, comprendían lo que era el tiempo. Lo que significaba. Y danzando, quizás, alrededor de una hoguera, celebraban también una festividad, en honor, al paso de ese inexorable y constante compañero de viaje que es el tiempo.

Yo este año, como no podía ser de otra manera, lo despido con literatura. Con un poema de mi admirado, Jorge Luis Borges, que tiene un título que va perfecto con el día. Sesudo como era él, el texto invita a la reflexión. Si os parece un rollo (la poesía de Borges no es la más accesible de mundo) no pasa nada. Aunque eso sí, intentemos como mínimo, quedarnos contemplando durante unos instantes, la imagen que el escritor argentino, nos quería transmitir. Porque a veces un poema no hay que entenderlo palabra por palabra sino simplemente dejarse llevar por él. Como sucede con en este día.

¡Feliz 2014!

Final Del Año

Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.

Jorge Luis Borges